Somos lo que somos.
Con nuestras luces y nuestras sombras, con cada grieta y con cada cicatriz que cuenta nuestra historia sin palabras.
Somos la furia y la calma, la luz y la sombra en perfecto equilibrio, el caos que se vuelve fuerza, la sensibilidad que no es debilidad, sino filo afilado por el tiempo.
Nos miramos sin máscaras, sin miedo.
Aceptamos cada parte de nosotros, incluso las que antes quisimos ocultar y cambiar.
Y en ese andar incierto, tropezamos con quienes nos miran de frente y, sin titubear, nos abrazan completos.
Nos aceptan con la risa desbordada y el llanto incontenible, con las palabras precisas y los silencios incómodos. Nos eligen porque entienden que nuestra esencia no es algo a corregir.
Y ahí radica el amor y la amistad más pura.
Es un regalo precioso. La libertad de ser sin miedo, de existir sin permiso, de saber que hay manos que sostienen sin amarrar, y miradas que entienden sin exigir.
No son muchos, pero son los que cuentan y los que importan.
Y para ellos, por ese amor sin condiciones, sin moldes, y sin expectativas vacías, mi gratitud es absoluta.



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