Hay inviernos que nadie ve, pero lo cambian todo por dentro.
Se instalan en lo más hondo
y nos cambian la forma de mirarnos.
Hay inviernos que empujan al alma
a sentarse frente a sí misma,
a tocar sin miedo lo que duele,
lo que falta
y lo que aún no ha sabido nombrar.
Porque el alma también necesita estaciones para entenderse,
porque hay verdades que solo se escuchan cuando el mundo calla,
y el corazón deja de resistirse a lo que siente.
Hasta el invierno más oscuro
termina dejando pasar la luz.
Llega marzo.
Y en marzo,
comienza el deshielo.
La grieta

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