Febrero siempre me ha parecido un mes melancólico.
Es un mes de transición, atrapado entre el frío del invierno y la promesa lejana de la primavera. Los días, aunque poco a poco se alargan, siguen envueltos en una luz tenue, casi nostálgica, como si el sol dudara en entregarse por completo.
Tal vez sea porque febrero es breve, efímero, como si su fugacidad lo hiciera más propenso a la nostalgia. O quizá sea por el eco de los días que dejó enero, con sus promesas aún sin cumplir, y sus listas de propósitos que empiezan a desdibujarse, por eso es un mes de espera y de pausa.
A veces, febrero trae recuerdos de otros febreros: de cartas que nunca llegaron, de despedidas silenciosas, de amores que se marcharon …
Febrero es un mes en el que la melancolía no duele, pero se siente como una sombra discreta que camina a mi lado.



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