La bendita incomodidad del amor.
Amar incómodo pero feliz es vivir en un temblor constante, en ese equilibrio imposible entre el miedo y la plenitud.
Es sentir que el amor no siempre es suave ni sencillo, pero que su intensidad vale cada desvelo, cada duda, y cada latido acelerado.
La incomodidad de amar no es desamor, sino su prueba más feroz. Es sentir que el alma se expande más allá de los límites conocidos, que cada roce, cada palabra, cada ausencia calan hondo.
Es la incertidumbre de ser suficiente, el miedo de perderse en el otro sin dejar de ser uno mismo.
Es la vulnerabilidad expuesta, el vértigo de la entrega, el caos de una emoción que no siempre encuentra dónde posarse.
Pero en esa incomodidad habita también la belleza, porque amar es atreverse, es caminar descalzo sobre el filo de lo posible, es confiar en que, aunque duela, aunque agite, aunque incomode, siempre será mejor sentirlo que no haberlo sentido nunca.



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